Mientras la vida se encarece y la producción se entrega, los productores denuncian que el Estado no paga lo cosechado. Año tras año, las deudas se acumulan y las promesas se desvanecen.
Hay una realidad que atraviesa los campos cubanos como un machete filoso: se siembra, se cosecha, se entrega… y no se cobra. Los campesinos vuelven a alzar la voz, esta vez no para pedir tierra, ni semillas, ni combustible —aunque también lo necesiten— sino para reclamar lo más elemental en cualquier relación comercial: que les paguen lo que les deben.
Por estos días, mientras el país entero debate sobre precios, escasez y dificultades, en los llamados «acopios» se repite una historia que ya tiene varios capítulos: el Estado recibe la producción, pero el dinero nunca llega a manos de quien sembró. O peor aún: llega tarde, mal, o con promesas de pago que se diluyen en el calendario.
Un grito que viene de lejos
“¿Por qué no hablamos de los impagos del Estado a los campesinos?”, preguntan desde el anonimato quienes hoy sostienen —contra viento, marea y bloqueo— la producción de alimentos en Cuba. La queja no es nueva. Pero el contexto actual, donde la inflación devora salarios y los precios se disparan, vuelve la deuda estatal una herida que sangra por partida doble: no solo no pagan lo debido, sino que lo que paguen —cuando paguen— ya no alcanza para nada.
La pregunta flota en el aire de los bateyes y las cooperativas: ¿cómo se le exige producir a un hombre al que no se le paga lo que ya produjo?
Cosechar para endeudarse
La lógica económica en cualquier parte del mundo dice: produces, vendes, cobras, reinviertes. En el campo cubano, esa lógica se ha invertido. Hoy, muchos campesinos entregan sus cosechas y lo único que reciben a cambio es un papel que certifica una deuda. Una deuda que el Estado reconoce, pero no salda.
Y mientras tanto, la vida sigue. Los insumos suben. La comida escasea. Los hijos piden. Y el campesino, que debería ser el primero en tener la nevera llena, muchas veces termina comprando en el mercado a precios de especuladores lo que él mismo cultivó.
Una polémica necesaria
Esta no es una denuncia contra el campesino que especula, ni contra el cuentapropista que revende. Es una queja estructural. Un señalamiento directo a un modelo donde el principal comprador —el Estado— se ha convertido en el principal deudor.
Porque el campesino no le pide al gobierno que le regale nada. Le pide que le pague lo que ya le compró. No es caridad. Es comercio. Es justicia.
Y la pregunta que debemos hacernos todos —consumidores, productores, funcionarios, periodistas— es bien simple: si el Estado no paga, ¿quién va a querer seguir produciendo para el Estado?
Invitación a compartir
Este es un tema del que poco se habla en los medios oficiales, pero que está en boca de cada guajiro que entrega su cosecha y regresa a casa con las manos vacías. Por eso queremos abrir el espacio:
👉🏻 ¿Eres campesino, productor o trabajador del sector agropecuario?
👉🏻 ¿El Estado te debe dinero por producciones entregadas?
👉🏻 ¿Cuánto tiempo llevas esperando?
👉🏻 ¿Has tenido que vender en el mercado negro para no morir de hambre mientras esperas que te paguen?
Comparte tu experiencia en los comentarios. Firmes como la yagua, pero justos como la palabra empeñada.
Nota: Mientras el país busca soluciones a la crisis alimentaria, quizás debería empezar por resolver una contradicción básica: no se puede pedir al campesino que produzca si no se le garantiza que lo que produzca será pagado. El dinero del Estado no es un favor. Es el fruto de un trabajo que ya está hecho. Pagar lo debido no es un gesto de buena voluntad: es la base de cualquier relación económica que pretenda sostenerse.














