Vecinos denuncian que los principales vendedores del pueblo —vinculados a la Seguridad del Estado y a Mipymes— imponen precios exorbitantes mientras la bodega no trae nada. «Esto llora ante los ojos de Dios», clama una madre.
Una desesperada denuncia ciudadana llega desde el poblado de Bocas, en el municipio Gibara, Holguín. Una mujer, que escribe en nombre propio y de muchos que como ella no pueden alcanzar ni para comer, describe una realidad brutal: los alimentos han alcanzado precios astronómicos, mientras los salarios —como los 1.000 pesos diarios que gana su hijo— no alcanzan ni para lo más básico.
Los precios del hambre
La denunciante enumera los precios que rigen en su localidad:
- Aceite: 3.000 pesos el litro. Lo vende el suegro de Liosvel, un hombre identificado como perteneciente a la Seguridad del Estado.
- Azúcar: 350 pesos la libra, en una Mipyme.
- Mortadela: 370 pesos la libra.
- Arroz: 700 pesos la bolsita.
- Frijoles: 450 pesos la libra. Los vende Yoan, a quien la denunciante describe como «el más religioso de este lugar», y que tiene una frase lapidaria: «El que quiera que compre, y si no, que no coma».
El monopolio de la necesidad
La denunciante revela un detalle que agrava la situación: «Para esos precios, todos tienen papeles que el Estado les da». Es decir, estos vendedores operan con autorizaciones oficiales, con licencias, con el permiso del sistema. Lo que hacen es legal, aunque sus precios sean moralmente criminales.
La bodega: no trae nada
Frente a estos precios de mercado, la red de distribución estatal brilla por su ausencia: «Las bodegas no traen nada». La población queda así atrapada entre la escasez oficial y la especulación privada, sin alternativa posible.
Un hijo, 1.000 pesos diarios
La denunciante pone un ejemplo concreto: su hijo gana 1.000 pesos diarios. Eso significa que, con ese salario, apenas podría comprar un tercio de un litro de aceite, o dos libras de frijoles, o una libra y media de mortadela. Para una familia, es simplemente imposible.
Los niños, los viejos, los que no pueden
«¿Cuántos niños, viejos y personas como yo pueden comprar estos alimentos?», se pregunta la denunciante. La respuesta es obvia: casi nadie. La carestía no es un problema abstracto: es niños que no comen, ancianos que se enferman, madres que ven cómo sus hijos se quedan sin fuerzas.
«Esto llora ante los ojos de Dios»
La frase final del testimonio resume todo: «Esto llora ante los ojos de Dios». Una expresión que habla de una injusticia tan grande que trasciende lo humano, que clama al cielo, que no puede ser ignorada por ninguna conciencia.
Resumen: Una vecina de Bocas, Gibara, denuncia que los alimentos han alcanzado precios imposibles: aceite a 3.000 pesos (vendido por un hombre de la Seguridad del Estado), frijoles a 450 (con la frase «el que quiera que compre, y si no que no coma»), azúcar a 350, mortadela a 370, arroz a 700. Los vendedores tienen permisos del Estado, mientras las bodegas no traen nada. Su hijo gana 1.000 pesos diarios, insuficiente para comprar lo básico. «Esto llora ante los ojos de Dios».
Nota: Esta denuncia no habla de corrupción de altos funcionarios ni de millones desviados. Habla de algo más cotidiano y más cruel: el precio del aceite, del frijol, del pan de cada día.














